Mª Rosa Guri López 16/03/2006

Mª Rosa Guri López 16/03/2006

“…Agradezco a mis ojos lo que me entregan cada día.”

Este breve resumen de una parte de mi vida me gustaría fuera lo suficientemente expresivo, hasta logar hacer de él, una clara manifestación de gratitud.

Conocí al Dr. Jairo E. Hoyos Campillo en circunstancias muy adversas para mí.

Sin saber por qué, “algo” estaba cambiando de forma negativa la realidad de las cosas cotidianas.

El futuro se mostraba más impreciso de lo que todos le reconocemos.

Los días envueltos en preguntas sin respuestas.

Entre miedos ajenos y el propio temor, mi alegría se marchitaba y la tristeza ganaba espacio a los esfuerzos anímicos por ocultarlo.

Lo que jamás olvidaré, era la angustia que me provocaba no lograr reconocer a mis hijas de entre los otros niños, cuando jugaban en la orilla del mar. Esperar que fueran ellas las que se acercaran a mí, en la algarabía de chiquillos bajando del autocar en su regreso a la escuela. Decirles que me encantaban sus dibujos navideños, cuando mezclados con los de sus compañeros sólo era una mancha de color superpuesta en otra más grande, que afortunadamente me indicaban con el dedo.

Comprendí enseguida que las situaciones a las que mis propias limitaciones me llevaban debía transformarlas en códigos de aprendizaje, defendiéndome de mi propia indefensión.

La vida se vive y no podía sentarme a contemplarla. No va con mi manera de entenderla. Hay que luchar y gozar, la mayor de las veces, equitativamente.

Fueron dos años de continuas y duras visitas a oftalmólogos de también reconocido prestigio, que pusieron a prueba mi autoestima y perseverancia.

La idiosincrasia humana hacía nulo el entendimiento.

En la primera entrevista con el Dr. Hoyos, hice una valoración positiva del encuentro: me pareció un hombre honesto, concreto y seguro de sí mismo. Nos entendimos sin demasiadas palabras. Sin falsos paternalismos por su parte. Su verdad podía muy bien sin ser la mía. Sé perfectamente el grado de reserva que un médico guarda en la primera visita con el paciente sin necesidad de mentir. Al abandonar la consulta y a pesar del diagnóstico, me sentí aliviada por primera vez. Conocer las escasas posibilidades de éxito que las operaciones en mis ojos tenían y el futuro que les aguardaba fue la verdad que yo esperaba saber.

Tomar decisiones, nada fácil, pero algo irrevocable.

Recuerdos, muchos recuerdos…

Al Dr. Hoyos le debo el placer de reencontrarme con el mundo. Ver de nuevo con claridad las personas amadas fue como despertar de una pesadilla: mi marido, mis hijas, mis padres, mi familia, mis amigos…

Después de la primera operación la vida cambió. Retomé el pulso a muchas inquietudes y quise renacer a nuevas ilusiones desde el propio desasosiego. El círculo afectivo y social se expandió sin pudor. Era yo mismo otra vez, pero vivificada en la amarga experiencia de reconocer las cosas entre un montón de claros oscuros, dolor y miedo.

He aprendido a desenvolverme visualmente aceptando cada retroceso con serenidad. La luz inunda mis días por amargo que sea el momento que toque vivir. Amo, escribo, pinto, canto, bailo, viajo, conozco, reivindico…

Me alegro y entristezco dentro de mi carácter con raíz. Esa vital tenacidad que me aleja de la fácil aceptación del fracaso y me hace luchar por mis convicciones morales y físicas. Siempre hay tiempo para la derrota y el llanto, pero la alegría y la ternura bien valen un mínimo esfuerzo.

Estoy muy agradecida al Dr. Jairo E. Hoyos Campillo.

Lo estaré siempre. Por haber atendido mis ojos con rigor. Por haberme acompañado a lo largo de más de veinte años, poniendo sus conocimientos al alcance de mi dañada visión.

El mañana es incógnito para todos y con ellos vivimos.

Entre las heridas de la retina y el universo que anida en el fondo de mis ojos, vive la esperanza.

En el corazón, el agradecimiento más sincero hacia mis médicos, el Dr. Jairo E. Hoyos Campillo y la Dra. Melania Cigales.

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